Aquella Europa, esta Europa
Artículo de Abel Veiga Copo, Profesor de la Universidad Pontificia de Madrid, sobre los 60 años de la Unión Europea
Quiérase o no las efemérides condicionan y se convierten en noticiables. Como si cualquier balance o reflexión crítica no debiera hacerse al margen de los mismas. Este 25 de marzo se cumplen 60 años de los tratados fundacionales de lo que hoy es la Unión Europea, con sus virtudes y defectos, debilidades y escasas fortalezas. Ver, mirar, introspectivamente con los ojos de una modernidad vacua que vivimos a día de hoy, lo que nuestros mayores fueron capaces de erigir y cimentar en sus bases hace tantos años produce vértigo, pero también cierta frustración por no haber sabido, querido completar aquella senda, aquel comienzo, aquel camino machadiano que hace tiempo rehuimos en hacer juntos.
Aquella y esta Europa. Aquella visión de un mundo agónico después de dos guerras y de una crueldad extrema, dividida y fracturada, pisoteada por los totalitarismos vacíos del ser humano, a derecha y a izquierda. Esta Europa tan distante a veces del ciudadano, tan ejemplar en lo que supuesto en algunos campos y tan errática a la hora de tomar con audacia, valentía y coraje decisiones firmes.
Esta Europa está inmersa en crisis concéntricas y que convergen yuxtapuestas una tras otras, como capas final e insensibles esta vez de cebollas. A la crisis y ausencia de liderazgo se superpone una mayor, de más vértigo, de más angustia, saber qué queremos, hacia dónde ir, cómo ir y con quién. Por el camino nos hemos dejado jirones de alma e identidad Europea. De muchos recelos y desconfianzas, miedos e incertidumbres porque nos ha faltado el coraje, el valor de edificar un auténtico marco de convivencia y soberanía conjunta. Se habla de refundar, se habla al mismo tiempo de desintegración. El constructo ha entrado en una vía muerta de indiferencia y mucha incertidumbre. No hay voluntad segura ni férrea de conducir a esta Unión hacia ningún lugar en concreto en estos momentos. Ni en lo económico, ni en lo social, ni menos aun en lo político, donde las divisiones son tan agudas como las soluciones tan inexistentes e ignotas.
Han bastado vientos de nacionalismo, borrascas de xenofobia, atisbos de crisis económica para pegar un puntapié inmisericorde en las puertas mismas del edificio. Y todo ha temblado, de abajo a arriba, por falta de voluntarismo y firmeza a la vez. Por ausencia de liderazgo y de un rumbo claro, que no necesariamente fijo y seguro a todas luces. Relanzar Europa precisa de una premisa clave, saber donde queremos ir, y cómo. Si sobre el tapiz tenemos esto claro, vale y valdrá la pena todo esfuerzo, todo sacrificio, toda acción. Y también la involucración de una ciudadanía tan apática como distante, pero que la Unión ha marcado sus vidas, sus desarrollos, sus espacios mentales y vitales. Lástima de tanto vericueto y sordina burocrática, de tanto tecnicismo y a veces inoperancia. Pero aquí todos tenemos que asumir cierto reproche culpabilístico.
Probablemente ni siquiera nuestros padres fundadores soñaron llegar hasta donde hemos llegado. Se ha andado mucho. Y a mucha prisa. Esa Europa desolada y capaz de enfrentarse hasta la extenuación a la guerra y la violencia es hoy un marco de estabilidad pero también de enormes diferencias, ahí radica su fuerza y también el motor y pulso de un latido lejos de ser exangüe aunque a algunos les gustaría que así fuere. Esa Europa que tiene que optar, que tiene que decidir y hacerlo cuanto antes. Precisamente cuando los desafectos y los experimentos inundas las mentes más reacias y arrastran con ello en un juego perdido y erróneo a un país o a unos países enteros. El populismo, síntoma de la vaciedad y la demagogia más plana, recoge sus frutos tras tantos años de desafección, de desvinculación a la Unión. La mecha está encendida. Pero hay tiempo para cortarla. Solo nos asustamos cuando la opción tiene posibilidades de ganar unas elecciones y romper y desmembrar más allá del Reino Unido el continente.
Un mar de dudas impregna ahora mismo a Europa. La resaca quizás es peor por atemporal que el propio temporal. La atemporalidad de una incertidumbre manifiesta. Donde la rabia sigue a la incredulidad, donde el falso abatimiento no comprende quizás como se ha generado todo este muro de insatisfacción, hastío hacia la Unión. La antorcha del nacionalismo, del autoritarismo, de la xenofobia prende con fuerza y se da cita en las urnas. Europa tiene hoy el pulso más débil que nunca. Qué Europa quieren los ciudadanos es una de las mayores incógnitas en el momento actual. La que quieren sus actuales dirigentes, una mera incógnita entre la pasividad y la desazón. La espalda a un futuro común por la preferencia individualista y cortoplacista de no pocos estados y la mediocridad ante la ausencia de liderazgo. Una Europa fracturada, unos políticos exangües y raquíticos intelectualmente. Pero es lo que hemos tejido, forjado y esculpido de modo consciente.
Se acaba una manera de entender Europa, la que quiso incluir, abarcar y atrapar a toda ella. Esa vieja y rica Europa, henchida de orgullo, cosidos sus jirones por la historia. Historia de guerras, luchas, ilusiones, paces, mitos y utopías. Una Europa multicultural, pero sin identidad única. Una Europa tan dispar como diversa, pero también distante y diferente entre sí. La Europa que una vez tuvo sueños, utopías, y hoy sin embargo es capaz de levantar de nuevo vallas y muros. La Europa que no hace mucho fue reconstruida con la mano y de la mano y sudor de millones de inmigrantes, tras la devastación, la guerra, el odio y la sangre derramada. Las que forjaron sin duda la mentalidad presente. Las que crearon un espacio de libertades y oportunidades como nunca se había siquiera soñado y nadie trazado en su imaginación y tinta. Esa Europa que hoy sigue encallada en su maniqueísmo y egoísmo insolidario. Esa Europa que es un remedo de lo que fue tan sólo veinte años atrás.
Esa Europa y ese constructo del que hoy algunos pretender dinamitar más por orgullo propio que por convicción. La Europa distante de sus ciudadanos y a la que el papa Francisco evoca retórica y metafóricamente con un interrogante envolvente, sugerente, pero a la vez evidente, "¿Qué te ha pasado?", qué fue de aquella otra Europa. La Europa que hoy es incapaz de ser, ya no de soñar, de compartir, de solidarizarse. Es en cambio un no ser en una huida hacia delante insolidaria y egoísta. Una Europa perdida, sin rumbo, sin liderazgo, autómata pero también autista. Un querer no ser, un empeñarse en no ser.
Saber hacia donde quiere ir y con quién. Ahí radica la clave de la supervivencia. Es la hora de Europa, la que de verdad y los que en verdad quieren avanzar. Una Europa que no sólo ha perdido parte de su alma, sino también empeñada en ofrecernos una economía líquida, especulativa. Una economía de intereses, pero distante, y donde lo social queda completamente subordinado.
¿Qué Europa soñamos? ¿Qué futuro queremos escribir, hoy, sesenta años después, sin privar a los propios europeos de su participación y otros sesenta años más? Las crisis no son malas per se; al contrario, ayudan a avanzar desde la reflexión, el sosiego y el sentido común, mas, eso sí, siempre que se tenga claro hacia dónde se quiere ir.