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Quo Vadis….UE? El Proyecto europeo está de aniversario

Quo Vadis….UE?   El Proyecto europeo está de aniversario

Artículo de opinión de Manuel José Morán García, funcionario de la Xunta de Galicia. Experto en asuntos europeos

Hace 60 años, en las frecuente e históricamente  convulsas tierras de Europa,  echó a andar un proyecto singular que, pasados los años, se ha consolidado, a pesar de las muchas dificultades a las que ha tenido y tiene que hacer frente. Me refiero a  la hoy denominada Unión Europea, una magnífica y necesaria iniciativa de coordinación de esfuerzos entre un numeroso grupo de países, en muchos ámbitos de la vida. Iniciativa construida sobre las aún humeantes cenizas de las dos guerras mundiales que asolaron especialmente este territorio. Y  coordinación realizada a través de las “armas” del diálogo, la negociación y la convivencia pacífica, y no de la imposición de unos sobre otros.
Pero, ¿cuál es el estado de salud de este proyecto en momento? Y sobre todo, ¿cuál es su  futuro previsible?
Este aniversario, como es de sobra conocido, coincide en el tiempo con un cúmulo de circunstancias en principio nada positivas para ese proyecto. En términos coloquiales y marineros diríamos que la nave de la UE se encuentra atravesando una tormenta importante, con mar gruesa, y vientos de fuerza considerable.  Por ahora la nave avanza, con dificultades múltiples, pero avanza. No hay, aparentemente y a pesar de las tensiones del momento, riesgo de hundimiento.  Pero, ni es bueno exagerar los peligros de la travesía, ni tampoco mirar para otro lado como si no pasase nada. La historia está llena de “Titanics” y de hechos que no podían suceder….y sucedieron.
Aquella idea de los llamados “padres fundadores” de ir construyendo el edificio europeo paso a paso, “ladrillo a ladrillo”, de los cimientos al techo,  creando situaciones y realidades en las que, con el tiempo, fuese más útil y conveniente avanzar  que retroceder, se ha revelado hasta ahora como la mejor estrategia para ir consolidando este complejo proyecto.
Nuevos temas y nuevos socios, en una iniciativa ilusionante y necesaria, sin perder de vista el retrovisor de una historia llena de conflictos, pero mirando a la vez hacia un horizonte cargado por igual  de ilusiones y desafíos.  De lo económico a lo político y viceversa. En un avance a veces lento, a veces rápido. Siempre con un objetivo: consolidar en el mundo un espacio político, económico y social de paz, progreso y estabilidad, bajo el lema de la “unidad en la variedad”. Un proyecto con elementos de identidad  comunes, como expresión de esa unión (bandera, himno, pasaporte, moneda y libre circulación de personas entre los miembros que se sumen libremente a la iniciativa, actuaciones a varias velocidades para lograr de manera progresiva la superación de la llamadas “cicatrices de la historia”, las fronteras nacionales, y un largo etc. de normas y proyectos comunes); pero manteniendo a la vez, cada uno de sus miembros, aspectos propios e irrenunciables de su específica personalidad, empezando por la bandera y el himno de cada cual, como elementos simbólicos de una soberanía que en parte se cede,  pero en parte se conserva. Un proyecto con varios niveles de acción diaria: de lo macro, Europa, a lo micro, los ayuntamientos y unidades similares; y con reglas de funcionamiento democráticas, buscando siempre la eficiencia a través de principios tan fundamentales como el de la subsidiariedad: la política y la gestión de lo público con el ciudadano de a pie y su bienestar como elemento inspirador de toda actuación, y en el que las decisiones se toman al nivel de gestión más adecuado en cada caso.
La empresa es extraordinariamente compleja. En efecto, a  pesar de que los socios del “club comunitario”  tienen elementos importantes en su ADN existencial que son comunes a sus miembros, empezando por algunas de sus raíces filosóficas e incluso religiosas, son también muchas las cosas que nos separan. Y cualquiera que haya tenido la oportunidad de viajar por ese espacio que llamamos Europa, lo sabe.  Ese ya citado lema de la “unidad en la variedad”, es la mejor expresión de esa realidad “multicolor” y “poliédrica”.
Si repasamos la historia de este espacio geográfico, podremos comprobar que aquí han crecido a lo largo del tiempo múltiples iniciativas de todo tipo, unas buenas  y otras no tanto.  Los seres humanos que habitan en este territorio han sido capaces de lo mejor y de lo peor; de las obras más sublimes y de las actuaciones más horrorosas. Algo común a los seres humanos de otros espacios geográficos del Planeta Tierra, por supuesto. En Europa no somos ni mejores ni peores que los habitantes de otras latitudes.  Y conviene no olvidarlo, para bien y para mal.
Tratar de construir un espacio común de convivencia y progreso político, social y económico, entre personas tan diversas, tanto que con frecuencia han arreglado sus inevitables diferencias con enfrentamientos fratricidas, no es fácil. Todos los que conocen a fondo la historia lejana y cercana de Europa y viven el día a día del proyecto Europeo, no pueden por menos que asombrarse del camino recorrido, con  sus luces y sus sombras.
Hasta no hace mucho tiempo, era habitual leer o escuchar de boca de los “expertos” en la materia  que el proyecto Europeo seguiría avanzando de una u otra forma, porque no había vuelta atrás. Esa solidaridad de facto prevista por los padres fundadores ya actuaba como una especie de pegamento “extra fuerte” entre sus socios: en teoría era más lo que se ganaba estando juntos que estando separados.
Recientes acontecimientos que están en la mente de todos, como el “brexit”; los llamados populismos anti europeos; las apelaciones a la independencia por parte de territorios  que forman parte de Estados supuestamente sólidos; la amenaza de nuevos o viejos nacionalismos redivivos, de triste memoria en el solar europeo; la crisis económica del sistema financiero,  que cual tsunami atravesó el atlántico y barrió Europa, con secuelas tan dramáticas como el desempleo; las múltiples amenazas terroristas que aparecen por doquier; las variadas manifestaciones de la corrupción a todos los niveles; la globalización, con sus aspectos positivos y negativos; etc. etc. nos devuelven a una realidad llena de interrogantes que creíamos superada; una realidad en la que la convivencia, el progreso, la estabilidad, la paz, la justicia no  son logros que ya no se puedan perder una vez alcanzados. No. La lucha o, usando una palabra menos “bélica”, el esfuerzo por avanzar, es diario. Como también lo es el esfuerzo por no retroceder. Lamentablemente, y vista la historia del mundo,  nadie puede garantizar la irreversibilidad en el camino recorrido. Las incertidumbres y los interrogantes se nos aparecen, en efecto,  por doquier a cada paso que damos.
A las nuevas generaciones que han nacido -que hemos nacido- en un contexto de paz que reina actualmente en Europa, el sonido de las guerras les parece -nos parece- lejano, irreal, propio de países atrasados, víctimas de sus eternos  conflictos  internos  o campo de batalla de las grandes potencias, en un mundo en el que un mal uso de la  geopolítica y la eterna lucha por los recursos y la influencia/dominación sobre los demás, siguen inspirando muchas actuaciones de algunos de sus dirigentes; esas imágenes terribles de las múltiples guerras que asolan el mundo, entran en nuestra casa a la hora de los telediarios y las terminamos contemplando con indiferencia o, a lo sumo, con una cierta pena…. si es que antes no hacemos zapping y cambiamos de cadena para no visualizar una realidad que nos desagrada. Para nosotros son conflictos lejanos….Eso sí, cuando la teóricamente apacible Europa se ve azotada por el terrorismo, nos llevamos las manos a la cabeza. Como se suele decir, parece que hay muertos de primera, los “nuestros”, y de segunda, los de los “demás”.
Recientemente, todos hemos podido contemplar a la hora de comer o de cenar imágenes de refugiados que parecían salidas del túnel del tiempo, como esas películas de ciencia ficción que nos retrotraen a otras épocas ya pasadas: largas filas de seres humanos que huyen por tierra del horror de la guerra y buscan una esperanza en la plácida Europa. ¿Y qué decir de los que tratan de huir por mar, convirtiendo el Mediterráneo, el Mare Nostrum, en un cementerio?.  Refugiados que escapan  de conflictos supuestamente lejanos, o de la miseria que asola sus países de origen.
Pero ojo, el concepto de “lejanía” en estos tiempos es relativo. Y, además, no podemos ni debemos olvidar a modo de ejemplo un terrible conflicto, no resuelto del todo sino enquistado,  que tuvo lugar no hace tanto tiempo en  el suelo de la “civilizada Europa”: la implosión de la ex Yugoslavia. Bosnia, Dubrovnik, Sarajevo, Belgrado….Se cumplen ahora 25 años de aquella terrible y “cercana” guerra. El intento de resolver los conflictos a través del enfrentamiento bélico no es, desgraciadamente, cosa del pasado ni siquiera, repito,  en la civilizada Europa. Y ahí están los hechos y las hemerotecas.
Hoy en día nosotros, los europeos, estamos instalados en otra dinámica, en especial los que tenemos la fortuna de tener un trabajo estable. Una dinámica en la que impera la  rutina del día a día: de casa al trabajo y del trabajo a casa; planes para el fin de semana;  para el puente de….; vacaciones de Semana Santa/primavera, de verano, de Navidad; vuelta al trabajo……. La vida del día a día en la pacífica y con frecuencia autosatisfecha Europa. Con sus luces y sus sombras, por supuesto, porque evidentemente no es oro todo lo que reluce, y hay problemas múltiples, y paro, y pobreza, y problemas con la dieta alimenticia, y enfermedades complejas, y…..Pero la vida en Europa es, globalmente hablando, un imán para las masas de desfavorecidos que tanto abundan por el mundo adelante. Por algo será.
En general,  no somos del todo conscientes de que este mundo cercano tan aparentemente estable en el que vivimos, nuestro “pequeño y relativamente seguro mundo”, puede un día dejar de ser lo que es.
Están la librerías llenas de “profundos y documentados”  libros y estudios que hace no tantos años “demostraban” que, por ejemplo, la estabilidad de Europa se apoyaba en buena parte en que se mantuviese el statu quo logrado después de 1945: nadie preveía la caída del Muro de Berlín, o la citada implosión de Yugoslavia, o la partición de Checo-Eslovaquia, o el ingreso en la UE de países del este como Estonia, Letonia y Lituania, entre otros muchos acontecimientos que hoy hemos asumido como algo “normal”.  Y si alguien se aventuraba a hacer ciencia ficción y hablaba o escribía del tema, apuntando otras salidas a esa realidad del momento, se le llamaba irresponsable, porque se afirmaba con solemnidad que cualquier alteración de ese  statu quo, era volver a sembrar vientos de guerra. Vayamos a las hemerotecas; no hace tanto que ese era el planteamiento comúnmente aceptado. Y ya vemos lo que sucedió después.
En suma, que la UE es una realidad sometida en estos momentos a fuertes tensiones y presiones, internas y externas, en un contexto mundial extremadamente complejo, donde hacer prospectiva se convierte casi en una labor de adivinos. Donde conceptos y teorías a veces catastrofistas, que parecen propias de otras épocas, vuelven a estar de moda, aunque en el fondo nunca dejaron de estarlo. Por duro o imposible que nos parezca, nada es eterno en las construcciones humanas, y la historia, incluida la de Europa, está llena de imperios y civilizaciones supuestamente milenarios, que se desmoronaron de forma más o menos rápida, pero siempre violenta, y de los que a veces solo quedan recuerdos gráficos, heridas en el fondo imborrables y unas líneas de mayor o menor extensión en los libros de historia.
Confiemos por el bien de todos y por el bien de este nuestro mundo terreno, que el Proyecto Europeo, que ahora conmemora el 60 aniversario de su primera piedra,  no se convierta con el tiempo en un capítulo más del libro de la historia de este continente. Y que se sigan cumpliendo aniversarios, no de un recuerdo sino de una realidad consolidada y estable.