Skip to main content

Quo vadis Europa?

Quo vadis Europa?

Artículo de opinión de Manuel Ferreiro, director del Ideal Gallego, sobre el futuro de Europa

Como siempre en la vida, existen formas diametralmente opuestas de imaginarse cuál puede ser el futuro de Europa. De un lado, están quienes optan por ver el vaso siempre medio vacío. Ellos recurrirán a ejemplos como el del Brexit, la situación de Polonia o incluso procesos como el catalán, para asegurar que la alianza de las naciones del viejo continente está poco menos que finiquitada y amortizada.

Sin embargo, en el otro extremo se sitúan quienes piensan que el vaso está medio lleno y consideran que las sacudidas que se están viviendo en el seno de la Unión Europea no hacen más que reafirmar su condición de ente vivo. Estos son quienes prefieren quedarse con los ejemplos positivos y que, por supuesto, son muchos y variados.

Por último, están aquellos que, dependiendo del día, se muestran por momentos escépticos y por momentos creyentes en lo que representa la Unión. Saben que el instante no es bueno y que, además, se produce en una coyuntura de lo más inoportuna. Europa está saliendo de esa crisis económica mundial que casi acaba con ella y se encuentra, de repente, con una deserción importante de un Estado clave por definición y por concepción de la propia UE.

Pese a ello, del mismo modo que el músculo financiero ha sido capaz de sobreponerse a la quiebra nacional de varios estados miembro, no dudan de que a la larga el golpe que el Brexit asestará a la estructura no será suficiente para derribarla. Son también quienes saben que el campo y otros sectores productivos habrían sucumbido ya sin las ayudas que reciben puntualmente para garantizar su supervivencia.

La importancia de la Unión Europea, su papel en el pasado, en el presente y en el futuro, no se puede cuantificar como si se tratara de una mercancía. No podemos jugar a augures y mucho menos imaginarnos dónde y cómo estaríamos a estas alturas si no formáramos parte de ese conglomerado que se agrupa bajo las siglas de la UE.

Lo único cierto y que nadie puede negar es que la Unión Europea será lo que sus estados miembro quieran que sea. No corren buenos tiempos en el viejo continente. Los populismos y las formaciones de tendencia extrema están cogiendo cada día más fuerza entre una población a la que, tal vez, no se le haya sabido explicar la importancia que la UE tiene en sus vidas.

El mero hecho de poner carteles en el arcén de una carretera asegurando que la misma se ha sufragado con fondos europeos no es un mensaje suficiente, sobre todo para quien considera que el beneficio indirecto no repercute en su vida. ¿Cómo se le explica a alguien que su comunidad autónoma se queda fuera de, por ejemplo, una red troncal de ferrocarril y que llegue a reconocer que la medida es justa?

La Unión Europea ha sido durante demasiado tiempo un ente abstracto. Las instituciones han estado demasiado lejos del ciudadano y el exceso de burocracia no ha hecho más que distorsionar todavía más la imagen que existe del organismo. Incluso, la pérdida de soberanía propia ha ayudado a que crezca el número de euroescépticos, preocupados en demasía por lo particular.

En países como España, durante demasiado tiempo, se ha mirado a Bruselas como la gran donadora, como la repartidora de subvenciones y ayudas. Ese tal vez haya sido el mayor error cometido. Europa es mucho más que un reparto de dinero, mucho más que un mercado único, mucho más que una alianza económica que beneficia a los grandes holdings.

Es en este terreno en el que habrá que incidir si queremos que dentro de un par de decenios la UE siga siendo una realidad. La Unión y sus organismos son el mecanismo capaz de hacer saltar las fronteras y que territorios con problemas y circunstancias comunes puedan trabajar  en una única dirección que beneficie a todos.

Uno de los ejemplos del rumbo que debe seguir la UE lo tenemos muy cerca. La Eurorregión Galicia-Norte de Portugal se ha convertido desde su nacimiento en aglutinadora de esfuerzos y experiencias. Se ha conseguido que entidades de dos países, evidentemente con vínculos muy fuertes,  sean capaces de trabajar de forma conjunta para obtener un beneficio conjunto.

Tanto es así que se ha convertido en referencia fundamental para determinar cuál es el camino que debe seguir la cooperación transfronteriza en todo el viejo continente. Solo cuando se consiguen romper barreras nacionales y se baja al nivel de los ciudadanos, al de verdad, se consigue que la UE sea una herramienta útil, al servicio de los habitantes.

Por todo ello, el futuro de la UE lo determinará el camino que sus responsables tomen en los próximo años. Propiciar la permeabilidad cultural, económica y social entre los estados servirá para que la Europa de los Estados, incluso la de las Regiones o los Pueblos se convierta en la Europa de los ciudadanos que, a la postre, será la única que sea capaz de desafiar al futuro.