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Pandemia: el aleteo de la mariposa global

Pandemia: el aleteo de la mariposa global

Artículo de opinión de Constantino Méndez. Abogado. Ex Secretario de Estado de Defensa.

Pese a la existencia de innumerables análisis sobre la pandemia del Covid-19 aun no es posible responder con rigor a las preguntas que todos nos hacemos acerca de los factores que la propiciaron y tampoco sobre sus consecuencias directas e indirectas para nuestras vidas. Mientras tanto, es oportuno recordar que “todo cuanto existe es fruto del azar y la necesidad” (Demócrito).

No obstante,ya sabemos cuánto menos que esta catástrofe pone a prueba la capacidad de los sistemas de salud, la idoneidad de las estructuras de gestión de crisis, la resiliencia de los ciudadanos y lasdificultades actuales para organizar la respuesta de la comunidad internacional, por citar lo más urgente. Lamentablemente, también sabemos que su alcance desborda lo sanitarioe impacta directamente sobre nuestros sistemaspolíticos, sociales y económicos, y que ese impacto tiene una doble dimensión ya que nos concierne y nos afecta tanto a escala global como local.

Nos concierne a escala global, porque pone en cuestión la viabilidad del actual modelo de desarrollo,porque muestra descarnadamente la vulnerabilidade interdependencia de nuestras sociedades y la incapacidad de las instituciones multilaterales para imponer un marco normativo que permita el control de un proceso de globalizaciónbasado al día de hoyen la desregulación y en los dogmas neoliberales. Resulta sarcásticocitarlo en esta ocasión, pero nada refleja mejor esa nueva vulnerabilidad que el viejo proverbio chino que nos advierte que “el suave aleteo de las alas de una mariposa se puede llegar a sentir al otro lado del mundo”.

Pero también nos afecta a escala local, porque son nuestros conciudadanos los que enferman y mueren, los que perderán empleos y oportunidades vitales, porque sus costes serán desmedidos para una economía frágil como la nuestra, porque la forma en la que asignemos las cargas fiscales y distribuyamos los recursos disponibles será determinante para el futuro de amplias capas sociales, pero también porque someterá al escrutinio de los ciudadanos la capacidad de respuesta de nuestras instituciones públicas, la calidad de nuestras políticas e incluso la idoneidad y funcionalidad de los modelos de gobernanza multinivel de los que nos hemos dotado.

Sin duda estamos delante de una compleja encrucijada, por tanto, no es extraño que al hilo de esta crisisnos hayamos dividido entre aquellos queesperan superarla para retornar al“virtuoso y constante progreso de la humanidad”, y aquellos otros que consideran que las sucesivas crisis a las que asistimos desde hace años son “la expresión inequívoca de las contradicciones de un sistema global”que, tal y como está formulado, se muestra insostenible.En este punto de la cuestión, no procede tomar en consideración a los negacionistas, a los que siembran el pánico finisecular, y tampoco a los teóricos de la conjura, aunque los hay.

Por mi parte, sitúo esta reflexión en el vértice que une ambas posiciones si bien lo hago con altas dosis de escepticismoporque me temo que, cuando las medidas sanitarias produzcan los efectos deseados y el miedo a la enfermedad disminuya, todo tenderá por inercia a volver al punto de partida previo a la crisis como si la pandemia fuera un fallo puntual del modelo en el que estamos inmersos, un daño colateral imputable al progresoo, como mucho, un dramático accidente que afecta a la cuenta de resultados.

Sin embargo, quiero creer que esta catástrofecuanto menos avivará nuestro sentido crítico y propiciará el debate sobre el papel que los Estados y la Comunidad Internacional deben cumplir para evitar, contener, o reducir las nuevas amenazas que, como esta pandemia, ahora mismo gravitan sobre nuestras cabezas.Ahora bien, en mi opinión el alcance de esta crisis no se puede comprender sin analizar los contextos específicos en medio de los que emerge, así como la capacidad de respuesta y el margen de maniobra que al respecto tienen los Estados, en el orden interno, y la Comunidad Internacional de la que formamos parte, a escala global.

La crisis impacta sobre unas sociedadesque se encuentran inmersas en un intenso proceso de transformación económica, social, cultural y política. Ese proceso se lleva a cabo en unos contextos caracterizados por la complejidad y la interdependencia, pero también por la aceleración de los cambios tecnológicos, la desregulación de los sistemas normativos multilaterales que hasta ahora veníamos utilizando, y por el reposicionamiento estratégico que llevan a cabo las grandes potencias globales. Pero, a diferencia de otros procesos anteriores, en esta ocasión nadie dispone de la hoja de ruta y tampoco nadie controla sus efectos y consecuencias más allá de las someras advertencias que al respecto y desde hace tiempo se vienen formulando a través de las Estrategias de Seguridad Nacional que cada país elabora.

Todo indica que el deterioro institucional que ese proceso sin reglas produce, nos deja como un barco a la deriva, sin rumbo cierto, sin motor y sin un capitán al mando, al tiempo que genera incertidumbre y miedo en una población que se siente más vulnerable que nunca en la medida en que percibe amenazas que no controla y quele hacen desconfiar de la capacidad de sus instituciones para protegerla. Es esto precisamente lo que observaba hace años Daniel Innerarity cuando decía, “vivimos con la sensación de ser gobernados por otros”, advirtiéndonos de ese modo que la vieja arquitectura de los Estados Nación bajo la que aun vivimos, basada en la soberanía, las normasy el sentido de pertenencia a una misma comunidad, sedebilitaba en aras de un orden global todavía carente de rostro e incapaz de sustituirla.

Ciertamente, en la medida en que el proceso de globalización no viene acompañado de una nueva institucionalidad, las viejas organizaciones multilaterales fundadas a partir de la posguerra mundial se demuestran hoy absolutamente incapaces para imponer los controles, reglas y garantías que hasta ahora veníamos utilizando. Y, en la medida en que todo ese andamiaje se está viniendo abajo sin que un nuevo orden lo sustituya, el papel de los viejos Estados Nación queda en entredicho, en tierra de nadie.

Lo anterior pone de relieve una de las grandes paradojas de esta crisis, el hecho de que las demandas de seguridad y protección frente a los nuevos riesgos y amenazas producidas por la globalización se dirigen a los gobernantes del viejo Estado Nación cuando, sin embargo, ese Estado es más dependiente que nunca de otras instancias ajenas a su capacidad de control directo y apenas tiene margen de maniobra y recursos para atenderlas.

Por tanto, necesitamos resolver con urgencia y de forma proactiva este dilema ya que los principales problemas que estamos enfrentando desde hace tiempo son problemas globales cuya complejidad y alcance supera la capacidad de las instituciones multilaterales de las que disponemos y del propio Estado. Pero, al tiempo,también necesitamos rediseñar el papel del viejo Estado Nación en ese nuevo contexto.

Ahora bien, hemos de tener en cuenta que la tarea de redefinir hoy el papel del Estadoen un mundo globalizado no solo ha de hacerse con la mirada puesta en sus responsabilidades tradicionales, sino también con la voluntad de influir y modelar el espacio de la gobernanza global en tanto que responsabilidad compartida por todos y cada uno de los miembros de la Comunidad Internacional. Es eso precisamente lo que Antonio Guterres (Secretario General de Naciones Unidas)trataba de decirnos cuando descarnadamente declaraba: “La relación entre las principales potencias nunca ha sido tan disfuncional. La Covid-19 muestra dramáticamente que, o nos unimos o podemos ser derrotados”.

Sin embargo, la confrontación actual entre las grandes potencias para hacerse con el liderazgo político y tecnológico no nos permite ser optimistas a corto plazo. El enfrentamiento entre EEUU y China es un campo de minas en el que ambos países corren el riesgo de dilapidar sus energías sin éxito alguno. Y, si bien es cierto que ninguno de ellos parece querer crear un nuevo orden que atienda a una mejor gobernanza global, no es menos cierto que ambas potencias están contribuyendo directa o indirectamente a la demolición del orden institucional nacido en la postguerra.

En todo caso, esa dinámica de confrontación divide y polariza a la Comunidad Internacional sin beneficio alguno,induce al repliegue nacionalista, abre enormes espacios a la impunidad de los sistemas autoritarios, produce una anomia que favorece la aparición de conflictos regionales yhace irrelevante el papel de las potencias que venían auspiciando la creación de un sistema multipolar y de una nueva gobernanza.Tal es el caso de la Unión Europea y, por ende, de sus socios que, incapaces de avanzar en su propio proyecto, atenazados por el reposicionamiento de su aliado estratégico de las ultimas décadas, envueltos en debates estériles y replegados tras sus viejas fronteras, corren el riesgo de acelerar su actual declive y convertir a la UE en un actor irrelevante en la esfera mundial si no saben estar a la altura de las circunstancias.

Si bien pudiera pensarse que la pandemia, dadoel actual nivel de interdependencia, afectará por igual a todas las naciones, todo indicasin embargo que su impacto será asimétricono solo como consecuencia de la mayor o menor capacidad de respuesta frente a la pandemia, sino de su situación previa, del grado de cohesión social y de la actitud de sus clases dirigentes, públicas y privadas.

En España la pandemia impacta sobre una sociedad que todavía no se ha repuesto de la crisis anterior y tampoco ha conseguidoalcanzar sus objetivos macroeconómicosy, menos aún,elevar sus estándares sociales al nivel de sus socios europeos. Los efectos que esta crisis añade a la situación de partida pueden ser devastadores, tal y como pronostican los expertos que advierten de una grave recesión económica que no solo deteriorará nuestras cuentas públicas y nuestro ahorro, sino que también mostrarálas debilidadesestructurales de nuestro modelo social yla fragilidad de nuestro modelo de desarrollo.

Crear una senda que nos permita retornar a un crecimiento sostenido y al tiempo proporcionar un nivel de protección suficiente a los más desfavorecidos parece una meta incuestionable, pero difícil de lograr en el contexto político por el que atravesamos. Impulsar una estrategia de reactivación económica al tiempo que incrementar el esfuerzo necesario para que el Estado desarrolle las políticas públicas que den soporte a ese esfuerzo, exige una madurez política y una voluntad de consenso de la que aparentemente carecemos hoy en día.

Pero no hay otro camino. La salida de la crisis ha de ser pactada, equilibrada y profunda. Pactada, porque un esfuerzo de tal intensidad requiere las energías de todos los grupos políticos. Equilibrada, porque nadie debe quedarse atrás y porque, junto con la reactivación del tejido productivo, es necesario asignar más esfuerzo fiscal a la protección social y a la modernización de nuestro sector público. Profunda, porque ha de mirar al largo plazo y porque ha de basarse en la innovación, en el cambio de nuestras actuales estructuras, en la adaptación de nuestro modelo institucional a la nueva realidad y en el papel que queramos jugar a escala global y regional.

Ahora bien, no cabe ignorar que ese esfuerzo tiene hoy algunos contrapesos. Duele decirlo, pero pese a los múltiples avances conseguidos en estas últimas décadas, seguimos viviendo bajo un estado anémico que desarrolla políticas públicas de baja intensidad.Duele decirlo, pero todo indica que nuestro modelo de estado compuesto parece ajeno a los principios de coordinación, colaboración y corresponsabilidad sobre los que fue construido. Duele decirlo, pero también seguimos careciendo de la necesaria conciencia nacional de la que otras sociedades disponen a la hora de convocar a todos sus ciudadanos a un proyecto colectivo de transformaciónbajo un sistema moral más justo, más equitativo, más inclusivo.Duele decirlo, pero todo da a entender que carecemos de la cultura política que lleva al consenso.

En conclusión, ciertamente estamos sometidos a fuerzas cuya inercia tratará de llevarnos de nuevo al mismo lugar en el que se perdieron nuestros pasos, pero debemos de ser conscientes de que el Covid-19 es una encrucijada que nos permite cambiar nuestros enfoques sobre cómo se debe de construir el futuro para nosotros y para futuras generaciones.Hobsbawm, brillante observador de la capacidad de destrucción mutua de la sociedad contemporánea, decía que si la humanidad pretende construir un futuro no puede hacerlo repitiendo su pasado ni su presente.

En todo caso, la crisis en curso nos pone delante de nuestras responsabilidades tanto en el orden interno, como ante nuestros socios europeos y en el orden internacional. Ya no cabe levantar fronteras y murallas tras las que recluirnos, tampoco cabe esconderse detrás de las luchas de poder por muy legítimas que sean, hay que salir del atolladero en el que nos encontramos e intervenir en todos los planos, si bien hay que saber que la intervención a escala global es difícil y a escala local es insuficiente. Sin duda la escala europea tiene la medida exacta de lo que necesitamos.

Ahora bien, un viejo principio jurídico afirma que nadie puede dar lo que no tiene. No se puede construir un orden global o regional sin haber establecido previamente los términos y el alcance del pacto social y político dentro del propio Estado, y sin haber determinado el nivel de esfuerzo necesario y los sacrificios que estamos dispuestos a realizar.

Hay mucho trabajo por delante, pero es prioritario empezar por los cimientos,esto es, reorientando el papel del Estado, modernizando el sector público, creando nuevo capital social y organizando mejor nuestro Estado compuesto. Pero eso solo es posible hacerlo de forma colectiva ya que, como afirmaba Platón, “Una ciudad surge a causa de que ninguno de nosotros se basta a sí mismo. Necesitamos de muchos otros”.