Más allá del coronavirus
Artículo de Opinión de Abel Veiga, profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Pontificia de Madrid
Percibíamos China como país lo suficientemente distante. Miles de kilómetros hicieron autocreernos que eran el colchón de prudencia y alejamiento suficiente. Pero en ese mismo imaginario negábamos las evidencias de las realidades más tozudas. Nunca el mundo ha estado tan interconectado y nunca como hasta ahora las personas han viajado y se han movido tanto. De nada sirven las apelaciones a la razón, al sentido común. Por el contrario el miedo, el pánico, la ignorancia es libre. Infinitamente libre. No importan estadísticas cuando en frente, no sabemos a ciencia cierta el alcance ni la dimensión de esta mutación gripal, el Covid-19. De nada importa que al año mueran en nuestro país 6.300 personas por gripe. Nos dejamos arrastrar por esa envolvente de sensacionalismo y angustia, malas consejeras sin duda, y con ella damos rienda suelta a esa parte de nosotros mismos impávida e irracional, timorata y angustiosa.
Todos saben que los goteos pueden ser solo la punta de un iceberg ignoto. Y en seguida uno calcula y piensa con cuántas personas, durante cuántos días ha interactuado algunos de los positivos ya confirmados. Cuántos habrá que no sabemos si han desarrollado la enfermedad, si es otra gripe o neumonía o si son asintomáticos pero sin embargo pueden transmitir o no la enfermedad. Cuanto late y está en sus casas sin acudir a médicos ni hospitales. Y de repente la alarma, por mucho que la OMS haya ya anunciado la casi inevitabilidad total de una pandemia mundial. Veremos la magnitud de la misma y la intensidad, así como las consecuencias de su golpeo en unos y otros países y los sistemas de higiene y sanidad que cada uno atesora. Aunque quizá lo de atesorar no es el mejor de los verbos a emplear. Activada una epidemia y declarada oficialmente la misma por una autoridad pública muchos voltearán su mirada a las pólizas de salud privadas y tratarán de leer e interpretar no pocas cláusulas delimitadoras del riesgo y tratar de saber si tienen o no cobertura por esta coronavirus.
Gana el miedo, pierde la razón, gana la improvisación y a veces comportamiento egoístas y oportunistas. Veremos cómo resiste este test nuestro sistema sanitario, tanto público como privado y comprobaremos en verdad qué significa cuando alguien asevera que este país está suficientemente preparado para afrontar esta alerta. Escucharemos de todo y leeremos múltiples panegíricos de toda índole y argumentación. Y cómo no, se empieza ya a analizar sesudamente y con cifras las consecuencias económicas, empresariales y bursátiles de esta crisis sanitaria. Una crisis que, quizá, solo quizá, está en sus inicios. Y cómo se resentirá la economía mundial, sumamente internacionalizada e interconectada, más allá de cadenas de suministro, exportaciones, deslocalizaciones industriales, canales de distribuciones omnilaterales y sus financiaciones. El gigante chino se ha constipado, ha gripado –quizá nunca más oportuno el término- y el efecto contagio es absoluto a una economía mundial que ha visto un crecimiento espectacular del gigante asiático en la última década y media, si bien los últimos años han ido frenando aquel ritmo de vértigo. Muchos se replantean el modelo productivo actual, pero también las relaciones de dependencia absoluta con algunos países y sus economías y fuentes de ingreso e inversión.
Importa el presente y mucho, pero sobre todo el futuro. Medio y largo plazo son ahora mismo magnitudes que asustan. La producción cae. Está cayendo, se ha paralizado, ni mano de obra cualificada o no, ni acceso y suministro a canales de producción y materias primas. De otra parte, el consumo, salvo lo inmediato alimentario y sanitario, cae, detiene su alocada expansión y visceral comportamiento compulsivo que caracteriza a los consumidores. Los gobiernos anuncian multimillonarias inversiones y dinero para hacer frente a esta pandemia pero no dicen en qué y cómo, y con qué finalidad. Dinero y presupuesto que frena otras inversiones y otros gastos. Amén del ingente gasto sanitario y de seguridad pública que la adopción de muchas medidas va a acarrear. El mundo detiene su latido, su pulsión, y lo hace sobre todo económicamente porque espera sin saber cuánto durará esta espera. Incertidumbre máxima. Toda inversión privada o pública se paraliza de momento. Todo proyecto de internacionalización de una empresa o un sector se suspende sine die y máxime a ciertos países, pero que se proyectará sobre todo en aquellos con una menor solidez en su red asistencial y sanitaria. La gran fábrica del mundo se ralentiza como nunca antes lo habíamos visto. Con ello el tráfico mundial ad intra y ad extra. Y aunque la reducción del PIB en muchas economías sea marginal, su efecto letárgico y exponencial multiplicará absurdamente su impacto. Bajaremos a lo sumo décimas pero emocional y volitivamente surtirán el efecto de puntos enteros. Creceremos menos. Y también las bolsas sufrirán un descalabro cíclico acompañado de repuntes violentos. Solo farmacéuticas y empresas sanitarias repuntarán y algunas dispararán su cotización y revalorización a medida que nos acerquemos a la vacuna siempre que no mute el virus.
¿Cómo afectará a un país dependiente de energía y de turismo como el nuestro? El año 2019 España vivió su éxtasis de turismo, 83 millones. Todos aquellos países que viven de esta fuente de ingresos se resentirán y mucho. Congresos, hoteles, restaurantes, ocio, etc., notarán a breve el impacto. Compañías aéreas y de transporte. También bajará el precio de la energía sobre todo procedente del petróleo, pero quizá suba la eléctrica porque habrá, si hay cuarentenas masivas, el consumo interno y en los hogares pero no en el industrial. Menos viajes, menos consumo, menos seguros, frente al impacto del coste sanitario y hospitalario que supondrán. Pero no se preocupen siempre el inversor y el especulador ve oportunidades en todo esto. Sabrán donde invertir, donde buscar patrones refugio, donde esperar a que la lluvia escampe, porque después de una crisis llega un periodo de expansión y consumo, de crecimiento y olvido.