Las ciudades tras el COVID 19
Artículo de opinión de Andoni Aldekoa, experto en desarrollo urbano, sobre la crisis del coronavirus
“No me gustaría hablar demasiado del futuro, prefiero centrarme en el presente” decía el sociólogo francés Alain Tourain que vivió las consecuencias de la gran depresión de 1.929 y la segunda guerra mundial. Lo hacía cuando le pedían diagnosticar que cambios traerá la pandemia global del COVID 19. Esa humildad de una de las mentes más interesantes de Europa creo que nos debe llamar a todos a la prudencia sobre las consecuencias de la crisis que estamos afrontando.
Creo que si podemos afirmar con más rotundidad las cosas que no van a cambiar, en nuestro caso, en la forma de pensar, diseñar y construir nuestras ciudades.
Durante los últimos años ya se han marcado unas tendencias que sin duda, ni COVID 19, va a poder con ellas. Son cuestiones como la lucha contra el cambio climático, la apuesta por la sostenibilidad y por las energías limpias. Una sociedad en la que la salud va a ser aún más un componente esencial, va a reclamar la creación de ciudades que sean más saludables y respeten la naturaleza. Es indudable que las prioridades económicas a corto plazo, van a estar en relanzar una economía que quedará prácticamente en “coma económico”. Pero las inversiones sostenibles serán protagonistas a medio plazo, porque las crisis por catástrofes, fenómenos meteorológicos o contingencias de la naturaleza van a ser más frecuentes.
Hombres y mujeres están confinados en sus hogares, teletrabajando, atendiendo a sus hijos, apoyando a sus padres. Las profesiones más feminizadas son las que están dando la batalla de los cuidados y la salud contra la pandemia. La sociedad retomará con más fuerza que nunca su batalla por la igualdad, la voz de las mujeres se va a levantar con más legitimidad que nunca para pedir la igualdad plena, y seguiremos viendo con impotencia un mundo machista que seguirá recurriendo a la violencia para mantener su dominio sobre las mujeres.
La seguridad seguirá ganando peso en las ciudades, pero lo hará con un concepto más amplio, no solo el vinculado a la delincuencia, mafias, o inseguridad ciudadana. Desde los Juegos Olímpicos de Brasil, a raíz de la crisis del FIKA, todos los organismos internacionales vieron como la seguridad se extendía a elementos como la salud, la alimentación, o la ciberseguridad.
Y los movimientos migratorios seguirán siendo imparables generando presión a las ciudades que serán, como ya lo son, el mayor foco de tensión social. Aunque nos alarme ver como los países más desarrollados y poderosos se ven sobrepasados e impotentes en su respuesta ante la pandemia, las consecuencias serán impredecibles en los países sin sistemas de salud, con poblaciones inmunodeprimidas por hambre, insalubridad o sida. Hemos visto como durante la crisis del COVID han seguido saliendo pateras desde áfrica con cientos de personas que buscaban su sueño en una enferma Europa.
Esas son las certezas. Por lo menos, las mías.
COVID cambiará cosas, por lo menos al principio, y no tantas a medio y largo plazo.
Ya nos aventuraban un mundo de tecnología, imparable, y con el actual confinamiento social, sin duda ha sido el momento en el que las empresas, las familias y las personas se han visto obligadas a incorporarse a dotarse de capacidad de movilidad a través de la tecnología. Ahora es imprescindible para poder continuar con nuestras actividades desde casa, mantener las relaciones comerciales, para acceder a servicios públicos o privados, o para preservar nuestras relaciones sociales. La digitalización ya estaba en la agenda urbana, y la necesidad del confinamiento social y económico, ha acelerado el proceso. Es evidente. Pero quiero pensar, que esta situación nos está poniendo las cosas en su sitio, y entre ellas, el valor de la familia, las relaciones sociales y la interacción con otras personas.
Mi mejor día de la semana es el viernes. Lo es porque todos los viernes, al atardecer quedamos con nuestros mejores amigos a tomar unas cervecitas -Estrella Galicia por cierto-, y luego ya con nuestras hijas y los hijos de nuestros amigos, picamos algo todos juntos. Brutal! Los “viernes de confinamiento COVID” nos hemos llamado, hemos puesto la video conferencia y hemos brindado. ¡Que tristeza! ¡Como juntarnos en nuestro bar, discutir y charlar sobre la misma mesa no hay nada!. Yo era de los que visitaba a mi madre cinco minutos, veía que todo estaba bien, y me iba. Cuanto echo en falta esa visitilla, y no la llamada por teléfono. Como escribiera John Naisbitt “High Tech/High Touch”, tecnología si, pero el valor sigue estando en tocar a las personas, y creo que esta crisis nos lo está demostrando.
¿Qué va a pasar con la globalización?. También era imparable. Y a mi juicio va a seguir siendo imparable, porque aunque hayamos comprobado por primera vez en la humanidad lo que es vivir una crisis global y aflorarán los pensamientos restrictivos y amenazantes contra lo exterior, creo que se demostrará que la solución solo puede ser global. No se acabará con la pandemia hasta que se erradique en todos los rincones del planeta o se encuentre una cura, por cierto, a la que solo seguiremos teniendo acceso los más ricos. Pero, COVID19 está demandando una nueva gobernanza global y unos organismos internacionales fuertes con peso sobre los estados y que puedan emprender medidas y acciones globales. No lo veo, por lo menos a corto plazo. Solo con mirar la respuesta que está teniendo Europa, creo que nos queda claro, que el multilateralismo se maneja con dificultad en lo económico y comercial, y naufraga en lo social y político. Europa ha cerrado sus fronteras, pretendiendo resolver un problema global, con medidas locales. Sin duda, la acción contra la enfermedad siempre será local, pero nadie solo podrá acabar con las consecuencias de la epidemia.
Si se abrirá un debate sobre lo que son sectores estratégicos para los países, o en nuestro caso para Europa, y se verá la necesidad de incorporar las tecnologías médicas y biotecnologías como ámbitos de producción a preservar. En esta crisis, iniciativas de producción a escala local, han solventado problemas de desabastecimiento, y se ha comprobado la dificultad de manejar mercados totalmente globalizados con demandas de escala global. Todos hemos aprendido la importancia de tener respiradores, que hoy para conseguirlos hay que mirar exclusivamente a China, pero que las empresas europeas tienen capacidad en unas semanas de crear sistemas de producción de estos productos. Habrá que repensar lo que eso no es estratégico.
Y voy a concluir con algunas ideas finales.
La primera de ellas, es en torno al envejecimiento. Escuchaba estos días que la persona que llegará a vivir 200 años ya ha nacido. Hemos descubierto la vulnerabilidad de las personas mayores – en Euskadi el 87% de las personas fallecidas en esta pandemia es mayor de 70 años de edad- y del riesgo del modelo de grandes residencias de personas mayores. Ya estaba abierto el debate sobre lo que es la dignidad en nuestra fase final de la vida, y nos replantearemos nuestra forma de atender a nuestras personas mayores.
Y quiero poner en valor a las ciudades de tamaño medio, como modelo más equilibrado de construcción y configuración urbana, con sistemas de atención, servicios públicos y comunidades sociales manejables. Las megaciudades están siendo focos incontrolables ante la enfermedad por sus escalas. Ciudades con gobernantes que vuelvan a encontrar la prioridad en los servicios básicos y en crear las condiciones idóneas para vivir, trabajar, y claro que si, también para divertirse.
No me gustaría hablar demasiado del futuro, porque seguro que es distinto al que yo sueño.