Modernizar la dirección pública
Artículo de opinión del Profesor de la Universidad Pontificia de Madrid, Abel Veiga Copo
¿Quién testa la capacidad, la habilidad, la experiencia en la gestión pública de un director general de la Administración? ¿y de un alcalde, un presidente, un ministro, un consejero, etc?.¿cómo se mide y conforme a qué parámetros el conocimiento, la capacidad, la competencia de un alto directivo?, ¿quid con su formación, con su vida laboral anterior? ¿Se presume en un director destreza, habilidad, conocimiento, competencia en definitiva, o solo la presume quiénes les nombran por adscripción ideológica y partidista? Las estructuras organizativas de cualquier administración y ente público requieren hoy más que nunca auténticos profesionales de la gestión, de la decisión, del diseño e implementación de políticas públicas. Personas con decisión, con conocimiento de la Administración, de su funcionamiento, de su forma de operar, del entramado administrativo, del planeamiento de órdenes, de ayudas, de líneas de acción, de recursos, de financiación, de presupuestos y un largo etcétera. Trabajar a contrarreloj, a presión, sabiendo deslindar lo político y lo administrativo, lo público de lo partidista.
Hace años el profesor Nieto, catedrático de derecho administrativo, voz autorizada y crítica por su realismo y llamar a las cosas por su nombre, algo que en este taimado país tiene su peaje y su costo, escribió varios libros sobre el desgobierno de lo público. Reconocía que la Administración está en manos de los subdirectores generales, para lo bueno y para lo malo, pues en ello está la continuidad, la permanencia, frente a la provisionalidad de todos los puestos que están por encima de aquéllos. Cuando los altos cargos llegan lo quieren o pretenden cambiar todo, pero sin antes tener una radiografía nítida de la situación, ni tampoco diseccionar con el bisturí correcto la anatomía de las rigideces de la administración. Solo hace falta que pasen los meses, y en la Administración pública, parece que vuelan, para dejar todo como está, sin cambios, sin alterar organigramas, puestos y estructuras, errepetianas y de lo que se tercie y configure. Lo mismo les sucede a secretarios, subsecretarios generales, ministros, etcéteras, todo vuela y queda atrás, dejando anquilosadas estructuras, esclerotizadas organizaciones que no son rápidas ni eficaces para decidir en el tiempo que deben decidir. Otra cosa es el compromiso personal de cada funcionario y el establecer un nicho de trabajo a perpetuidad. Las maquinarias se oxidan y las faltas de conectividades transversales e intra entre distintos organismos, ministerios, consejerías, tanto vertical como horizontalmente, para mayor gloria efímera de quiénes las capitanean pero adolecen de una visión de conjunto de toda la administración, acaba generando un cuello de botella abigarrado, oxidado y torpecino.
Giran las puertas, sobre todo desde lo político y público hacia lo privado, pero no tanto desde profesionales de lo privado hacia lo público. No solo es cuestión de remuneración, también la mala prensa que la política tiene en el sector privado, el percibir dar el salto hacia lo público como una etapa transitoria y corta, el truncamiento de la capacidad y gestión por culpa de criterios no generales sino del gobierno o partido de turno con sus propias visiones partidistas, acaba impidiendo que profesionales testados y comprobados en el sector privado no quieran o de querer, nunca sean seleccionados por quiénes dirigen lo público y la política.