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Economía circular: (re)pensar el futuro para no traspasar la línea

Economía circular: (re)pensar el futuro para no traspasar la línea

Artículo de opinión de Isabel Estrada Carvalhais, Diputada en el Parlamento Europeo, publicado en Correio do Minho

Hace por lo menos una década que se popularizó el concepto de economía circular. No se puede decir que el éxito del término fuese acompañado del mismo éxito en materia de estabilización conceptual. Un trabajo académico de tres autores (Kirchherr, Reike y Hekkert, 2017) identificó por lo menos 114 definiciones de economía circular en una muestra de 155 artículos científicos. Por lo tanto, si la idea es hablar un poco de economía circular, más vale empezar por hacer una breve definición.

Utilicemos entonces la que introduce el Parlamento Europeo: “La economía circular es un modelo de producción y de consumo que envuelve el compartir, el alquiler, la reutilización, la reparación, la renovación y el reciclaje de materiales y productos existentes, en la medida de lo posible. De esta forma, el ciclo de vida de los productos se alarga. En la práctica, la economía circular implica la reducción del desperdicio o de los residuos al mínimo. Cuando un producto llega al final de su ciclo de vida, sus materiales se mantienen dentro de la economía siempre que sea posible, pudiendo ser utilizados una y otra vez, lo que permite así crear más valor.”

En la base de esta definición está el principio de las 4 Rs: reducir, reparar, reutilizar, reciclar, a lo que muchos añaden también el rehusar, en el sentido de aprender a decir ‘no’ cuando nos proponen alternativas de consumo menos ecológicas como el sobre-embalaje de productos (piense en las ‘capas’ de plástico y de papel que llegan a envolver algo tan simple como un jabón, por ejemplo). La acción de rehusar es útil sobre todo cuando las otras 4 Rs no están suficientemente incorporadas a lo largo de toda la cadena de producción y de distribución de determinado producto, lo que también implica que existan alternativas que permitan viabilizar lo que desechamos.

El gran objetivo de la implementación de un modelo de economía circular está en asegurar que el bienestar, el crecimiento económico y la prosperidad material no se vuelvan enemigos desintegradores del medio ambiente. Después, el objetivo máximo de la economía circular es conseguir un modelo de desarrollo económico y social basado en la sostenibilidad ambiental.

La preocupación por la sostenibilidad ambiental no es un capricho ideológico. Es antes un imperativo que resulta de la constatación de que continuar viviendo bajo la égida de la economía lineal (del “chicle que se prueba, se mastica y se tira”, de la “sociedad del consumo inmediato” que los Táxi cantaban hace 40 años) es negar a las generaciones venideras el derecho a un futuro. Ya ni siquiera de un futuro saludable y feliz, sino simplemente de cualquier futuro. Los recursos de la tierra son finitos. Es de esta constatación de la que se desprende la apuesta de la Unión Europea por promover modelos de producción y de consumo que permitan transitar a ese nuevo paradigma de desarrollo.

Esa promoción está haciéndose de forma muy real a través de un cuadro legislativo cada vez más extenso y completo, que ha emanado de las instituciones europeas y que acaba por tener una concreción muy clara en nuestro día a día, aunque muchas veces ha sido desvalorizada, criticada o hasta ignorada. Piense, por ejemplo, en el impacto que ya está teniendo la reciente directiva europea (Directiva (UE) 2019/904) para la reducción de los productos de plástico de un solo uso, y que Portugal ya está transponiendo para su legislación interna desde junio del mismo año. Piense que es posible que ya tenga en casa pajitas reciclables y reutilizables... Un gesto simple, es cierto, pero que deriva de una alteración a la que la industria de alimentación tiene que adaptarse por fuerza de la ley europea. Un gesto simple, pero que contribuye mucho, creánme, a reducir el 50% de los plásticos de un solo uso que llenan las playas de Europa.

Ahora piense también en los múltiples cargadores de móvil que debe tener si cuenta con más de una marca o, a veces, más de un modelo dentro de una misma marca. Además del evidente impacto ambiental, ¿cómo le facilita la vida o le beneficia como consumidor ese arsenal de cargadores? ¿No sería preferible tener la posibilidad de arreglarlo en vez de tirarlo? Si cree que sí, entonces está entre el 77% de los europeos a los que les gustaría hacer exactamente lo mismo. La Comisión Europea presentó en marzo de 2020 (en el ámbito del Pacto Ecológico Europeo y como parte de la propuesta para una nueva estrategia industrial) un nuevo Plan de Acción para la economía circular, con el objetivo de provocar cambios que estimulen la economía circular y que sean más beneficiosos para el propio consumidor. Este plan, cuyo informe del Parlamento Europeo será votado en el pleno, tiene desde luego la reducción de los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos como una de sus principales prioridades, e incluye propuestas muy concretas como e establecimiento del "derecho a la reparación" y la introducción de un cargador universal.

Con esto vemos que las instituciones europeas, que a veces nos parecen tan distantes, están en realidad muy cerca de nosotros, forman parte de nuestro día a día y no fueron creadas ignorando o contrariando las preocupaciones del ciudadano consumidor, sino ante todo procurando la salvaguarda máxima de sus derechos y también la salvaguarda de los recursos naturales de los que disponemos.