Atrincherados
Artículo de Abel Veiga Copo, Profesor de la Universidad Pontificia de Madrid, sobre los valores democráticos y la política
En España no se dimite, se deja caer, o se defenestra a las bravas. Se lleva la situación a un límite donde los costes ante la ciudadanía son más altos y onerosos que los de aguantar y huir hacia adelante. Cuando toda la presión explota, y tras la misma, el vacío. Pues así se acaban sintiendo los defenestrados y los obligados a dimitir. Tras el enjuague numantino, el apoyo sin fisuras, la soledad del que es abandonado, preterido, relegado y olvidado. Acuérdense la cínica muletilla: “Ese señor, o señora, ya no es del partido”. Como si tal aseveración borrase de un plumazo realidades, pasados y presentes aun no escritos.
En el país de los tuertos no hay más ciego que el que ve y se empeña en no ver. Espejos rotos. Rotos en pedazos de hipocresía y cinismo. País doliente éste y permisivo con la corrupción. Sociedad quejumbrosa que alborea, o quiere al menos, ensoñaciones de valores y principios pero sólo de cara a la galería. Falsedad y mentira mientras por dentro se tolera, se bendice, se permiten actos, gestos y comportamientos que la erosionan y diluyen como eso mismo, sociedad, que claudica de sí misma. Se habla de regeneración pero antes hay que generar. Ser consciente de lo que somos, de lo que hemos construido sobre bases de barro poco sólido, ser consciente de la podredumbre y la hojarasca que se envuelve y nos envuelve entre vientos y remolinos sin moral y cainismo.
Como siempre se llega tarde. Demasiado tarde. Primero la trinchera, el cainismo, la descalificación, el victimismo y el arropar como sea. Luego la realidad se abre paso. Y a continuación el abandono. El destierro y ostracismo. El dejar caer al antes protegido. Y en estos los partidos siguen erre que erre. Máxime cuando se tiene poder. No se quiere perder. Pero sin embargo se pierde un precioso tiempo, el de hacernos creer a todos que algo ha cambiado.
Hoy la democracia parece secuestrada por los partidos, sus cúpulas pretorianas, y si esta premisa es válida, ¿por qué y cómo lo hemos consentido? Crisis institucional, colapso por sus entrañas morales, crisis de la democracia. Por pasividad, conformismo, por complacencia y ausencia de crítica. La democracia no es un oficio. Los partidos han recortado sus alas, partidos de notables, partidos piramidales. Volvamos a las bases, a la piel, al pegamento político en la calle.
¿Dónde está el político?, ¿podemos cambiar la democracia de la calle por la democracia de las urnas? Dinamicemos la vida interna de los partidos políticos, comportamientos, discursos, hechos y formas de actuar, rompamos con inercias, con cadenas de jerarquía e imposición. Transparencia patrimonial y económica de todos, valores reales. Ábranse listas, ejecutivas y candidatos elegibles por las bases. No es la panacea, pero es el comienzo del cambio. De nada sirve si no somos conscientes siquiera de que hay que cambiar demasiadas cosas en un sistema político colapsado, abúlico y acrítico. Menos hieratismo de las ejecutivas. Regeneración, sí, regeneración moral de la vida pública española. Liderazgo, fortaleza, convicción, credibilidad y responsabilidad. Menos mercantilización de la vida política. Volvamos al ideal de lo público, del civismo, de la cultura cívica, del viejo ideal republicano, res publicae, republicanismo que se ocupa de lo público. Son muchos los que se sienten profundamente decepcionados con los políticos, el sistema.
Es el síntoma de la erosión de la confianza y la credibilidad. No hay líderes en estos momentos. La corrupción ha hecho estragos, su permisividad y aceptación por la sociedad, un cáncer. Propuestas, decálogos de ideas, iniciativas, diálogo. Encauzar la sociedad civil, al mismo plano que otros actores políticos y públicos. Nuestros jóvenes no quieren ser antisistema pese a que algunos políticos los han tachado de tales, incluso de golpistas. No hay más ciego que el que no quiere ver aun viendo.
No es hora del reproche mutuo, la indiferencia hiriente y mordaz. Tenemos que cambiar. El hoy requiere el mañana y este no es nada sin el hoy, incluso ayer. Rompamos viejas inercias. Abramos puertas y ventanas. Cercanía, credibilidad, compromiso, confianza, coherencia, capacidad, competencia. Devolvamos la ilusión a la ciudadanía, a la política y por la política y lo público, no ahoguemos la vitalidad, la autocrítica, la renovación, la regeneración política, no solo de personas, también de ideas, soluciones, proyectos políticos. Euforia inane e inteligencia política no son precisamente compatibles. Y hay mucho de lo primero en este ruedo ibérico cada vez más sumido en los rescoldos de taifas.
Falta inteligencia, falta compromiso y sobre todo, credibilidad. Pero estas son vacías palabras. Indiferencia, desprecio, soberbia, demagogia, son, por desgracia, realidades bien tangibles y comprobables. Las mismas que han desafectado a muchos, que han desilusionado, descreído y alejado de lo público y lo político. En tres décadas de democracia, de aquella generada democracia a partir de una dictadura y una reconciliación ejemplar protagonizada exclusivamente por los propios españoles, parece que queremos degenerarla definitivamente.
Rompamos el silencio cobarde y el cruzarnos de brazos resignadamente. Rompamos con la miopía voluntaria y la mentira tutelada. Indiferencia, el nuevo agnosticismo de la sociedad. La nueva claudicación de los tiempos posmodernos. Perdidos los valores, ausente la crítica, ayuna la reflexión, huérfanos de intelectuales, la indiferencia es el triunfo de un individualismo abusivo, egoísta y radical. La peor de las actitudes. Poco se puede esperar de una sociedad enferma, desnuda de sentimientos, el alma evaporada, egoísta y hedonista.
¿Dónde está la sociedad civil? Despertemos. Limpiemos hojarasca y mentira. Es hora de que la sociedad civil se articule de verdad, que sea consciente de su fuerza moral y su ímpetu constructivo. No permitamos que la manipulen ni la amordacen con silencios. Desde el respeto, la tolerancia, la responsabilidad crítica. Es hora de que otros actores tomen también la palabra, propongan, oferten, alcen su voz. La palabra lo puede todo. Diálogo, acuerdos, compromisos. Limpiemos la hojarasca de una vez.